La Inundación
Día gris, de esos para estar en la cama, leer un libro y levantarse cuando el sol inspire la voluntad. No supe entonces, cuando recogí aquella caja que flotaba sin rumbo con recuerdos ajados, cuánto pesa el silencio y la verdad.
La lluvia acaricia mi temprana caminata buscando sosegar la angustia. Nadie en el camino imagina lo que me inquieta; miran solamente a una mujer entrada en años, de corto cabello dorado y forzada sonrisa; no saben ni sospechan que existen abismos, que no hay fronteras ni misterios que no termine develando el tiempo. Aprieto contra mi pecho la angustia y la caja.
No es un día cualquiera, esta mañana entregaré la caja a su dueña.
Laura, inmersa en su laberinto, deja que las milongas acompañen su etérea transformación: taco aguja, labios rojos, el vestido ajustado para sentir muy dentro el abrazo señero al compás del dos por cuatro. Recuerdos confundidos, encerrados en las pastillas diarias.
-Vamos, Laura, hay que bañarse –dice la asistente de la residencia geriátrica.
-Vestiré el traje negro, con tajos, perfecto para el baile. ¿Me lo planchaste? –pregunta convencida de que esa noche irá a la milonga.
-Se suspendió el baile: cenás y te acostás –explica la asistente.
Polvo y rouge escarlata, el pincel de cejas en la mano izquierda y el traje negro con tajos se esfuman; un leve empujón la guía directo a la ducha.
Laura canta a Manzi e imagina ayeres de milongas en los barrios porteños. “Así es el tango sabés…y mucho más.” En su boca se dibuja el sabor de otros cielos.
Cuando la asistente termina con la higiene, le da los medicamentos y la arropa en su cama.
Dicen que su crisis emocional sobrevino después de la inundación del pueblo; aquel trágico día en que la gran laguna se desbordó. El agua fluía como río caudaloso en este pueblo dónde nunca llueve. ¿Fatalidad? ¿Destino señero?
-¡Mis moldes, mis moldes!, -agregan que gritaba Laura.
Todo se llevó el agua: la caja con los vestidos de las milongas, zapatos, fotos, recuerdos… hasta su razón.
La casa quedó cubierta hasta el techo. ¡Maldito líquido!
Una valija… adioses…
Laura corrió abriendo el torrente implacable y suplicó:
-Amor, no te vayas… -el agua ya le llegaba a la cintura-. ¡No me dejes! –se empantanó, cayó, por un momento se la tragó el agua.
Una ambulancia. El hospital. Olor a cloroformo y a jeringas.
Laura y Julio se habían conocido en la milonga: bailaban y reían, reían y bailaban. No le importó a ella el anillo que él llevaba en la mano izquierda, tampoco hijos ni esposa; sólo el amor. Y esta caja llena de recuerdos, cartas, perfumes. Esta caja llena de pasado.
La lluvia cesa, sigo mi camino apretando la caja contra mi pecho. Julio… Julio y ella… A mí nunca me gustó el tango.
Cuando la asistente del geriátrico apaga la luz del cuarto y cierra la puerta, los ojos de Laura destellan mientras sonríe y baila con el amor. “Así es el tango sabés…y mucho más.”
Autora: Marta Cardoso