Con el verde aroma del geranio
llegaste a mi noche baldía,
y tu boca dejó
la impronta de sus besos
en mis ávidos labios,
mis manos urgentes
asieron tu cuerpo
tenue, delicado;
en la estrechez del silencio.
Bebí la miel de tus entrañas,
tus humores, en el frágil
rescoldo de tu vientre;
tus manos eran sabias
en caricias.
Tu piel ardía extenuando
fulgores
en la extensa infinitud
del pecado,
hasta estallar en miles
de universos.
Tus pechos se endiosaron
en mi aliento;
en tu cuello navegaron
mis anhelos buscando
su misterio
en ondulante manantial
de besos.
Mis labios surcaron
tus orillas
en afanosa ofrenda
para adorarte así,
calladamente;
palpitante y eterna.
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